Peldaños...

Y aquella tarde, una vez más, decidió intentarlo. Vislumbró la historia detrás del cristal, como cada día, sobre la misma mesita. Respiró profundo y escaló a la ventana...
Habían pasado unos días desde la última vez. Se preguntaba si acaso sería lo mismo. Se tomó unos minutos para recordar los capítulos; percibió miradas, proyectó sonrisas y finalmente... lo abrió.  Lo recordaba más breve; sonrió aliviada al descubrir su error.
Se despojó de abrigos (y dudas), acercó el banquito y comenzó a leer; volvió a zambullirse en la historia, como el primer día... como cada vez.  Así transcurrió su tarde,  la  consecuente mañana y el atardecer que siguió...
Sin que pudiera notarlo, volvió a naufragar en sus olas. Pero esta vez, sin temores. Conocía el océano y sus peligros. Había asumido ese riesgo al comenzar a leer. Pero entonces era distinto... Lo sabía.
Había superado oleajes y se juraba, tenaz, que ahora sabría enfrentarlos...
 El transcurrir de los días le moderaron los miedos. Decidió entonces que no debía correr.  Con mucho cuidado, dejó  el libro sobre la mesita y apagó la luz.  Tranquila, sin prisas, abandonó el refugio. Cruzó la ventana y regresó a lo real (a la otra esfera).
Sabe que volverá, pero no esquematiza... quizá sea el martes, o en una semana.
Sonríe y, en silencio, comienza a andar...

Prometo que no lloraré... Te voy a extrañar morocho...

Prometo que no lloraré... Te voy a extrañar morocho...
Me parece mentira que, luego de casi 3 años, ya no estaremos juntos... 
Todavía recuerdo la primera vez que nos vimos; recién me mudaba, me sentía sola... Te vi, me viste... caminamos juntos... Desde ese primerísimo día me acompañaste. Te adaptaste sin chistar a mi ajustada agenda y estuviste ahi (aquí) en mis peores momentos... Siempre a mi lado, sobre mi cama... Te acordas cómo saltabas? Siempre quisiste volar...
Se que te herí muchas veces (lo siento)... Tuvimos momentos difíciles y, pese a mi falta de atención y mis daños, siempre me perdonabas y volvíamos a empezar... Me duele saber que esta vez es distinto, que ya no estarás ahí, para mi...
Recuerdo cada domingo, cada tormenta en las que estuviste conmigo, sólo para que sonría o para que llore, pero a tu lado... Mis noches y mis inviernos ya no serán lo mismo... No quiero pensar en el frío que dejará tu ausencia...
Gracias por todo pequeño... Y perdón por no aprender a cuidarte...
Te voy a extrañar...
Hasta siempre, control remoto...

De retórica y duendes...

En puntas de pie y sobre un banquito, se asomó a la ventana. Estaba oscuro. No se oía ruido. Escaló lentamente y entró. Era un espacio pequeño, opaco. Sobre una mesa, bajita, un libro de tapas grandes la examinaba curioso. Se acercó... lo abrió. Encendió la diminuta lámpara que decoraba la esquina y comenzó a leer. Le fascinó la historia: llena de duendes y hadas; a penas real (no le importó). Se devoró las páginas... Rió a carcajadas, lloró, soñó; volvió a reir y una vez más... dudó...
El libro le consumió los días (su vida)... Por unos meses.
Pasaba en ese cuarto casi todas las tardes, algún amanecer y cada madrugada. Sus rimas protegieron su abrazo durante el invierno.
Cada noche diseñó finales para su cuento... cientos. Era imposible acertar: la historia giraba sin prisa, con pausas... sin vientos. Quizá fue eso lo que la atrapó: el misterio... el azar... la magia...
En un momento pensó en abandonar el libro, cerrarlo; sellar para siempre aquella ventana y no regresar a ese cuarto, jamás. Lo intentó... No pudo... Incluso cuando le quemaba la vista (y los sueños) siguió...
Se aprendió de memoria cada escena, ensayó cada acto, improvisó todo el guión. Imaginó escenarios y ritmos. Respetó los puntos y las comas y entre puntuaciones diversas lo descubrió: encontró la manera de burlar el final; adhirió párrafos; erráticas lineas que demoraron la historia, que alargaron el cuento que jamás  terminó...
Aún no se atreve a transgredir el recuadro; las crueles fronteras que le demarcan las tapas... Terminarlo significaría desaparecer del cuento, volverlo irreal, condenar la magia a unas cuantas lineas afónicas sobre una mesita... oscura. Prefiere evitarlo,  visitar pocas veces el cuarto y dilatar el final con unas cuantas letras ficticias; Caminar errante y de la mano de ese hada que vuelve a invitarla a pasear, sin un reloj (un ratito)...

Desenfocar para ver (y mirarnos)

Cuando sentir y pensar se desglosan, cuando bosquejo y cosmos no encajan; cuando el temor a intentar sabe encubrir, sin piedad, tantas ansias, hay cientos de puertas herméticas y una ventana, pequeña (arrimada)...
Con la mirada nubosa, osamos dictar sentencia y nos empecinamos, sin mas, con el repertorio de puertas (estancas). Una colección de artilugios embiste al montón de maderas que, sádico, agota la luz, la ilusión, el capricho, las ganas.
De lejos, en un costado, se oye un endeble crujir, que se aventura a sonar, en vano...
Nos obsesiona el portal; examinamos su estilo, su aspecto; ¿sus fallas? y cual oasis burlón, vemos girar esa llave que, con fervor, cae sobre el adoquín y se replica  (en pedazos).
La ventanita pequeña arruga su ceño y calla...
No quedan puertas ya por probar y el camino para regresar se ve, cada vez, más largo.
Osamos contravenir (contrariar) cada ritual que, por años, supo guiar la razón y sus pasos. Nos vuelve a abrazar el temor, la impaciencia y la precipitada ambición que, sin pausa, despista un millón de bocetos (frustrados).
En medio de tanto silencio, oímos un ruido: volteamos... Corremos hasta llegar, exhaustos, con el utópico afán de lograrlo. Es un cuadrado pequeño. Soñamos. Giramos el débil pestillo, hacia ambos extremos; en vano...
A lo lejos, se asoma una claraboya, detrás de ella, una luz... No miramos...
Tozudos golpeamos cristales, metal y esperamos. La ventanilla no cede. Lloramos.
La claraboya nos mira, nos grita... No hablamos. Sabemos que espera allí y, en cambio, insistimos sobre aquel recuadro, aquel que tras tanto sonar y observarnos, optó por callar su voz, desaparecer... enseñarnos...

Felices días, papá

La primera vez que nos vimos dormía. No soy capaz de jurarlo pero... apostaría que, en ese primer momento,  quien lloraba eras vos.
Estuvimos en ese cuarto unos días y luego nos fuimos juntos, los tres. Creo que me cargabas en brazos y juro que esa tarde, no fue la única vez. Soñé tantas veces sobre esa falda...!
Fuiste el primer señor que me tomó de la mano y, acá entre nosotros, también mi primer amor; mi cómplice y mi abogado en todas las causas (y en innumerables noches, frente a un obstinado fiscal). 
Como todo amor, no siempre resultó perfecto... Todavía me enojo contigo, ya no porque no obtenga un permiso, sino porque esos no, arbitrarios, hoy te condenan a vos.
Tu paso es distinto, tu humor... no es constante y opaco es el brillo en tus ojos y la melodía en tu voz... Tu risa y tus ocurrencias bastan para aliviar cada peso y una sola de tus palabras sabe aplacar mi temor.
Me gusta imaginar que desaparece el camino; que ya no se asoma ese abrazo, el último beso y ese implacable nudo que, luego de 12 veranos, aun me entrecorta la voz. Claro que, así, subestimaría,  quizá, cada minuto contigo; la magia de cada cena, cada sonrisa, cada opinión...
Ya no descanso en tu falda ni me llevas de la mano... No puedo dormir en tus brazos ni improvisar un berrinche, para atraer tu atención. Mas, cada domingo en mi año, sueño que almuerzo con vos.
La vida me convidó tu impaciencia, tus gestos, tus mañas y una conexión que nos une, desde aquella primera tarde, en las peores tormentas; ante cualquier temporal...
Anhelo que la alegría te invite  a pasear a su lado, pero no solo por este día, sino en cada uno de ellos; desde ayer y para toda la vida y así, por azar, ver inclinar la balanza hacia ese otro costado  (aquel que te abriga a vos).




Proyectos

Enmudecer la razón y al inquebrantable prejuicio. Que las palabras deserten, que las ideas no juzguen. Aprender a mirar sin los ojos, sin ver.
Distinguir el "no puedo"  de un  "no me atrevo a intentarlo".
Callar. Abstenerse. oír. Dejarse llevar... sentir.
Detener los relojes, las fechas, los años. 
Escuchar otras voces (las mudas). Convalidar otro juicio (sin normas).
Desautorizar los bosquejos, los trazos, los mapas. Iluminar las sombras, ensombrecer las luces.

Invalidar las espadas, vencerlas. Contravenir las fronteras, sin Visas
Requebrajar las dudas (los miedos). Creer


Para siempre, ito

Mi hermano menor no perderá el sufijo. Nació con él, lo aloja en su ser; le da identidad,  es un plus (mi delirio).
Ya no descansa en mi falda ni llora por hambre o capricho. Sus pantalones son largos (es alto) y el eco en su voz es algo más que un sonido.
Madruga, trabaja; construyó su hogar... su camino.
Añoro su risa, su euforia (sus mimos); lo vuelvo a recuperar, en cada escapada (un domingo).
Lo veo feliz, con su amor. Es casi un hombre (chiquito!!)
Le llaman señor, lo respetan pero, a mis ojos, aun sigue siendo un niño.
No ve a Donatello (ni a Ico), conduce su auto y estimo.. que juega a que no es mayor, entre sus sueños (dormido). Tal es mi utopía y pido, que la vida me admita un desliz (un descuido): que crezca y se vuelva mayor, sin dejar de ser Petercin, Mi hermanito...




Viernes que te quiero, viernes...

El viernes todo está bien; no tiene nada que ver con el lunes, que tiene mala fama per se y que, aunque tantas veces nos ha deslumbrado, no ...