y sin meditarlo siquiera se apresuró a besarlo; su mano otra vez en su rostro; su labio, una vez más, en sus labios.
Todo lo que había pasado hasta entonces había sido un paréntesis, desde la última vez. Le divertía pensar que lo era, que solo aquellas horas eran auténticas, las que pasaban juntos; solo los dos, con idéntica complicidad (sin testigos). Pero el reloj, no obstante, sabía... jamás había sido su aliado.
Aquella noche él no encontró excusa y ella ... ella decidió hacerse eco de sus ganas, como a veces; como algunas veces en las que finge creer (o soñar) que al menos en ciertas pausas, es completamente suyo...
Y entonces, una vez más, los susurros, las caricias y el más solapado de los silencios. Siempre fue así porque, pese a lo mucho que hablan, nunca se dicen nada... El simula no sospechar; ella insiste en engañarse, como si acaso así pudiese disfrazar lo que siente.
De tanto en tanto se jura que no, que nunca más; que ya no tiene sentido. Pero la obtusa razón a penas trasciende... y se apaga...
Se muere de ganas de abrigar sus temores, de eternizar esas horas... de acompañar sus silencios. En cambio decide escapar y limitarse a soñar, sin jurar, y a acatar, de tanto en tanto... sus mismas perpétuas ganas...
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